lunes, 27 de noviembre de 2017

Javier Lostalé: “La poesía es el nombrar más exacto”

Pobre o rica, venga siempre la palabra 
aunque nadie la espere 
J. L. 


Su voz es el calor del hogar en domingo. Lo es porque cada fin de semana se cuela en casa desde las ondas de La estación azul, uno de los programas radiofónicos literarios más relevantes de este país y que ya cumple casi dos décadas informando sobre poemas, poetas, narradores y libros. 

El perfil de Javier Lostalé (Madrid, 1942) podría ser, sin duda, el de un cartujo entregado a Dios y al silencio perpetuo. Su mirada, azul desde el origen, invita a un estado similar al de la confesión; su voz –perfecta y pausada- es la de un sabio que pareciera hablar desde la montaña; sus manos, un nudo como cuentas de rosario. Es, este poeta, crítico y periodista, un sacerdote de la lírica: bajo sus ojos ha pasado casi toda la poesía española de los últimos 50 años. 



Estará harto de responder a esta pregunta, pero… ¿de verdad quien lee vive más? 

Efectivamente, quien lee vive más. Este fue el título que se le dio a un libro que publicó la editorial Polibea partiendo de unos textos que escribo todas las semanas para cerrar los programas de La estación azul. La lectura intensifica la imaginación, hace que el lenguaje sea más rico, que lo que suceda después de la lectura sea también diferente… Creo que la lectura hace que todo lo que después viene, incluso el amor, tenga un significado distinto. 

Una visión totalizadora de la lectura. 

Nos ayuda también a algo fundamental que es la concentración, ahora que vivimos en un mundo disperso, y está, por último, muy cerca de dos términos para mí fundamentales: la quietud y el silencio. 

No quiere decir esto que uno no pueda leer, y vivir, donde haya ruido, pero yo prefiero, como decía Rosa Chacel, quedarme a solas con el libro. El acto de la lectura, leer, es de los más solitarios que hay. 


Habla de dos términos fundamentales que son casi una quimera: lentitud y silencio. ¿Cómo conseguir eso en el mundo actual? 

Eso es fundamental. Sobre todo el silencio, que en España se valora muy poco. Así como en otros países europeos el silencio es casi un derecho fundamental, aquí, en España, hay muchas veces mucho ruido. El silencio, como el paseo –se me olvidó hablar algo sobre el paseo, ahora que, además, acaba de reeditarse un libro extraordinario del escritor suizo Robert Warsell que se llama así, El paseo-, es verdaderamente importante. Pasear es una forma muy intensa de vivir también, porque la mirada va actuando, va abriendo de alguna manera aquello que ve, hace que uno empiece a reflexionar sobre su propia vida, conciba proyectos mediante el acto del paseo… Yo, por ejemplo, siempre paseo una hora diaria y me gusta mucho fijarme en las casas de Madrid, en esos edificios de los que no tenía consciencia. Me gusta mirar las ventanas e imaginar cuál es la vida que están llevando los que ocupan estas casas. 

En su trabajo en la radio, una de sus labores fundamentales es el fomento de la lectura. Lo ha hecho desde espacios como El ojo crítico y La estación azul. Eso le valió el Premio Nacional en 1995. ¿Por qué esa militancia? 

En realidad, yo no comencé haciendo información cultural. Primero estuve en medios provinciales y luego, desde el año 1977 hasta 1981, en la etapa de la elaboración de la Constitución Española, estuve trabajando como informador parlamentario. Iba al Congreso de los diputados por la mañana y estaba desde primera hora hasta el final de la noche haciendo crónicas todo el día. Viví esa etapa tan crucial de la Constitución, las primeras elecciones democráticas, etc. 
No estuve, eso sí, el día del golpe de Estado, que estuve desplazado a otro lugar. No tuve esa experiencia, que no es nada agradable, pero al fin y al cabo es una experiencia. 

¿Tras ello? 

Vino una etapa en la que estuve dedicado a la información política, a cubrir elecciones, el referéndum de la OTAN, etc. Y luego fue cuando ya me dediqué de lleno a la cultura, sobre todo en El ojo crítico, que presenté en los años 91 y 92, y donde luego formé parte del equipo. 

Hasta llegar a La estación azul. 

En el año 2000, con mi compañero Ignacio Elguero, que también es poeta, creamos el programa La estación azul, que en principio era un espacio solo de poesía en Radio3. Ahora se emite en Radio1 y es un programa de literatura en general, aunque tiene siempre una sección dedicada a la poesía. 

La radio como vehículo para la literatura. ¿Cómo se trabaja esto? 

Decía Carmen Martín Gaite que en un programa cultural de radio no hace falta hacer nada extraordinario, sino que basta con coger un libro o una página de un libro y leerlo bien para que eso dé contenido a un programa cultural. Yo creo que la radio es fundamental para el fomento de la poesía. Lo que no me gusta, hablando de esto, es, por ejemplo, que haya música de fondo cuando hay lectura de poesía en la radio: el poema ya tiene su propia música y poner otra de fondo lo que hace es distraer del contenido del poema. 

Usted, se lo habrán dicho mil veces, posee una voz poética y radiofónica. 

No cabe duda de que la voz se va educando, y a mí me ha gustado mucho en la radio la lectura de textos y, sobre todo, de poemas. 

¿Y cómo ha de leerse un poema? 

La poesía debe leerse sin ninguna altisonancia y siempre de dentro hacia afuera. Yo soy bastante enemigo de los recitadores; creo que la poesía debe leerse en un tono moderado y sosegado. 

Y el análisis. La difusión, la creación y, también, el análisis del quehacer poético. Porque la labor del periodista cultural camina entre el testimonio y el juicio. También en el caso del madrileño, que dedica semanas a preparar lo que el llama '"reseñas" de nuevos poemarios.

Otra de las trincheras en las que usted se ha apostado para divulgar el mundo lírico es la de las revistas, colaborando en unas cuantas de ellas. 

Las revistas en las que colaboro habitualmente son la revista Mercurio, de la Fundación José Manuel Lara, y Turia, donde también colaboro mucho. 

Creo que en España ha habido siempre revistas estupendas –la vuestra también es un ejemplo de ello- y es una labor realmente extraordinaria, porque hacerlas exige un gran esfuerzo de todo tipo. Yo pienso que continúan siendo fundamentales y sigue habiendo muy buenas revistas. ¡Otra cosa es que se vendan más o menos! 

¿Cómo juzga el periodismo cultural del país? 

En general se hace un buen periodismo cultural. Quizá debo reconocer que hace algunos años me interesaban más los suplementos -antes podía pasarme casi todo el fin de semana leyendo los suplementos-, pero considero que hay muy buenos informadores culturales que escriben muy bien en cada uno de los periódicos. Tenemos, por ejemplo, a Antonio Lucas, que es un creador, en El mundo, o Javier Rodríguez Marcos en El País.

Lo importante del periodismo cultural es que los textos traten sobre temas que estén realmente relacionados con la obra del autor. Y eso exige no solo el conocimiento del libro del que se está hablando en ese momento, sino una perspectiva general de su obra, porque hay que mirarlo todo con perspectiva. Y esto lo podemos aplicar también a la crítica.

Yo recuerdo que una vez estuvimos reunidos unos cuantos periodistas con Octavio Paz y él salió muy contento porque dijo que era la primera vez que había estado una hora y media con periodistas y solo habíamos hablado de literatura y no de otras cosas. Y sí, hay muchas otras cosas que son importantes también en el ámbito social, político, cultural…, pero cuando se habla de un escritor o una obra en concreto creo que de lo que hay que hablar es de literatura, del lenguaje… en fin, de todo eso.

¿Y la crítica literaria?

Como no soy filólogo, yo no hago ninguna crítica filológica, ¡claro! Lo que yo publico es, más que crítica, reseña, y estoy convencido de que el objetivo que tienen es el de promover la lectura del texto. Y, por tanto, lo único que presento es una visión personal de lector. Por eso tardo mucho en elaborarlas; a lo mejor puedo tardar una semana en terminar una reseña que es una página y pico, porque aparte de intentar releer o leer lo que no conozca del autor en su conjunto, lo que intento es hacer una recreación de la propia poesía. Es casi hacer una recreación de la propia poesía. Incluso casi escribo un poema sobre el poema para invitar a leer al poeta (sonríe).



Hay en todo una penumbra triste / que se hunde sin rostro, / mientras el corazón escucha / el latido puro de las sombras. Son versos que Lostalé imprimió en Tormenta transparente, un poemario publicado en 2010. Javier, el militante de la palabra desde la trinchera del periodismo, es también un excelente hacedor de versos. Desde la aparición de Jimmy, Jimmy, su ópera prima, con la que irrumpió los anaqueles en 1976, ha atesorado una trayectoria poética en la que ha apostado por la concreción, por retirarle al verso todos los aditamentos y buscar la exactitud imposible, el decir sin casi decir nada. 

¿Qué significa la palabra poesía para Javier Lostalé?

La poesía es lo que nos une a lo esencial. Significa también despojamiento. Por eso uno, cuando va escribiendo a lo largo del tiempo, cada vez va escribiendo poemas más despojados, menos retóricos, en donde sobran algunos adjetivos que no tengan sentido. Es escribir buscando la médula de todo. Está, la poesía, muy relacionada también con lo invisible, porque un poema verdadero da visibilidad a lo invisible.

Aunque él no lo considera como género literario sino como un hecho verdaderamente vital, Antonio Gamoneda dice, me parece, que es el género más movible, en el sentido de que el poema cambia constantemente para el propio autor, que si lo lee a los tres días de haberlo escrito ya no le dice lo mismo, como para el lector. De ahí las infinitas lecturas que tiene un poema en relación a una novela. Una novela puede ser muy buena pero al terminar no sueles volver a leerla en tu vida; un poema, en cambio, puedes estar leyéndolo durante toda tu vida y cada vez te dirá una cosa diferente.

Usted habla, en su trayectoria poética, de una suerte de gusto por el despojamiento.

La poesía es, refiriéndose al lenguaje, el nombrar más exacto. Por eso Francisco Brines considera a Azorín como un poeta. Porque Azorín, te guste más o te guste menos, lo que hacía era nombrar con una gran precisión, con una gran exactitud. Y ese debe ser el objetivo de la poesía, crear lo nombrado.



¿Y esa búsqueda de la precisión debería ser algo común y natural en todo escritor de versos o es una concepción particular de algunos autores?

Yo creo que sí. Una poeta que yo admiro mucho, Pureza Canelo, que es directora de la Fundación Gerardo Diego, al principio escribió mucha poesía que era metapoesía. Y verdaderamente era muy interesante. Pero ella misma me comentaba a mí que, a medida que pasaba el tiempo, cada vez le interesaban los temas que tienen que ver con la vida y los temas esenciales. Yo creo que ese despojamiento, en general, se produce de un modo natural con el paso del tiempo. Y siempre aprendiendo, porque, ¡claro!, la poesía es un constante aprendizaje.

Usted ha dicho: “La verdad del poema se mide por la emoción que produce”. ¿Puede existir poema que no busque emoción?

No me parece que haya que buscarla, pero sí creo que un poema debe emocionar. Y para emocionar debe tener algún referente. Si es una poesía totalmente abstracta, sin referentes vitales, entonces es difícil que emocione. Claro que la emoción entendida en un sentido amplio: no quiere decir que cuando uno esté leyendo deban saltársele siempre las lágrimas; también existe una emoción de tipo intelectual. El pensamiento también emociona, lo racional también emociona. O sea, que puede haber mucha poesía de pensamiento que produzca emoción porque, al fin y al cabo, se trata de un movimiento del ánimo que no es solo lo que nosotros entendemos en el sentido más habitual de la palabra emocionarse, sino que puede haber una emoción intelectual, o producida por la belleza… El poema debe emocionar y debe dejar alguna huella. Debe ser capaz, como he dicho citando a Brines, de incardinarse en la vida del lector de modo que éste, en respuesta, deba escribir su propio poema, que no es más que lo que está viviendo, lo que ha vivido y lo que va a vivir.

¿Cuándo se da de bruces con la poesía?

Pues no muy pronto. ¡Bueno! Yo había escrito los primeros poemas a los 17 o 18 años. Pero fueron poemas que olvidé y que ya ni siquiera existen. Luego, con 25 o 26 años comencé a escribir ya en serio. Formábamos un grupo de amigos muy íntimos Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca, Ramón Mayrata –que luego se ha dedicado más a temas de magia, aunque sigue escribiendo- y Eduardo Calvo, que ha estado dirigiendo un Instituto Cervantes. Todos nosotros hacíamos un buen grupo. Entre los cuatro o cinco nos pagamos una antología que hizo Antonio Prieto, el novelista que ha estado en Planeta mucho años, con una nota de Vicente Aleixandre dedicada a jóvenes poetas. Esa antología, Espejo del amor y de la muerte salió después de los novísimos. Allí yo, y también Luis Alberto y Luis Antonio, publicamos nuestros primeros poemas. Los míos luego formaron parte del libro Jimmy, Jimmy y, a partir de ahí vino lo demás.

Publicó después Figura en el paseo marítimo.

Apareció en el año 1981 en Hiperión, en una colección que se llamaba Scardanelli que dirigía Luis Antonio de Villena. Y luego hubo un periodo muy largo de silencio. No silencio: iba escribiendo, pero escribí un libro en catorce o quince años, que fue La rosa inclinada. Me sacó de ese silencio la editorial Adonáis gracias a Pureza Canelo y a Luis Giménez Martos. A partir de ahí apareció Hondo es el resplandor, La estación azul, El pulso de las nubes, que se publicó en el 14 en Pre-textos y, ahora, hay un libro que aparecerá en la primavera del año que viene, que se titula Cielo, y que publicará la colección Bandalia, de la Fundación José Manuel Lara.



¿Qué recuerdos tiene de ese ‘amigo sin etiquetas’ que fue para usted Vicente Aleixandre?

Fue para mí fundamental, y no solo por su poesía. La lectura de su libro Sombra del paraíso fue lo que me decidió a escribir definitivamente. Cuando lo leí le escribí una carta en la que le decía mis impresiones del libro y entonces él me contestó diciendo que fuera a verle porque ya era amigo suyo, ya que, cuando hay un buen lector de un libro, aunque el autor no lo conozca es su amigo. Desde ese momento se fraguó una amistad, sobre todo en el momento en el que yo estuve realizando el servicio militar. Iba a visitarle una vez por semana. Él tenía dos momentos para recibir: uno, de siete a diez de la tarde, y el otro, cuando ya tenía más confianza, de cuatro a siete, porque él andaba tumbado y era más cómodo para él.

Yo le vi, sobre todo, desde el año 71 hasta que le dieron el premio Nobel. Luego, como ya tuvo un herpes y tal, tras la entrega del premio le vi un par de veces nada más. Y, bueno, recuerdo que nuestras conversaciones con él giraban siempre en torno al amor, absolutamente.

Que es otro de los pilares fundamentales de su obra poética, ¿no?

Sin duda. Pero el amor también ha ido cambiado a lo largo de los años. Así como al principio estaba más relacionado con la propia experiencia -sobre todo en el primer libro, Jimmy, Jimmy, y también en Figura en el paseo marítimo-, en los últimos libros es el amor más allá del amor, el amor sin figuras, el amor al amor, de alguna manera. Y, por eso, algunos lectores de mis poemas lo han entroncado, de alguna manera, con la mística. Existe figura, naturalmente, pero está más allá de esa figura.

¿En Cielo continúa también esa senda?

Sí. Quizá más todavía: es una poesía mucho más de pensamiento. Uno de los poetas míos favoritos, sobre todo en la última época, es Rilke. Y, por eso, entre otras citas que se colocan al principio del libro –no en los poemas, intento que vayan cada vez más desnudos-, hay una de Rilke preciosa que es “la física del cielo”. También hay otra de Manuel Altolaguirre que habla del cielo total… Este es un libro que por cierto está dedicado in memoriam a Eduardo García, el poeta cordobés que falleció hace un año.

¿Qué sería del hombre sin amor?


Yo creo que el amor es fundamental, claro. Lo que pasa es que ¿dónde está el amor? Vicente Aleixandre decía que durante el acto amoroso el cuerpo del ser humano se disgrega y salta como si fueran astillas y, una vez terminado el acto, cada parte del cuerpo vuelve a su ser. Él solía decir, y yo estoy totalmente de acuerdo, que es después cuando se sabe realmente si lo que sucedió la noche anterior es verdaderamente amor o es otra cosa. También es cierto que al alma y al espíritu del ser solo se puede llegar a través del cuerpo, entendido en su sentido más amplio: la mirada, los gestos, los movimientos de la mano… Es el único modo que tenemos de acercarnos.

Usted dijo: “El amor solo existe en lo que crea el lenguaje”.

Con eso quería decir que al escribir un poema se crea una vida que tiene vida autónoma dentro del poema. Y que luego puede tener una relación muy estrecha con tu propia vida o no. Puedes escribir grandes poemas de amor sin haber siquiera amado. El amor se cumple y se consuma en el propio poema. Cuando hablé de eso, ponía como ejemplo Tormenta transparente. Cuando escribía los poemas de ese libro, generalmente por la noche, viví una intensísima historia de amor como nunca había vivido, pero que no existía. Y cuando terminaba el poema y me acostaba, me decía que mi vida en ese momento y en soledad no tenía nada que ver con el poema. Ya me hubiera gustado vivir como lo que he escrito, independientemente de la calidad que tenga, sentir lo que he sentido cuando estaba escribiendo lo que estaba escribiendo.

En La estación azul escribe algo así como “es la necesidad lo que me hace escribir”.  ¿En su caso es un tópico o una verdad dicha en voz alta?

Yo estoy de acuerdo con una cosa que hablábamos Vicente Aleixandre y yo. Él decía que si tenía la oportunidad de elegir entre vivir una noche de amor o escribir un poema, que no lo dudara y me decidiera por la noche sin dudarlo. Y, luego, el poema ya se escribiría o no (sonríe). Pero yo, al hablar de necesidad, y de esto también se ha hablado mucho, me refiero a que es el poema el que viene en tu búsqueda y no tú el que va en busca del poema. Es decir, que escribir poesía no es algo que se pueda forzar. Lo que no quiere decir que no haya que trabajar: si uno espera nada más a que venga la iluminación divina y no hace nada por escribir, descubrirá que ese no es el camino. Por eso los tiempos de la poesía son muy extraños y uno puede escribir un libro en un año y luego estar cinco sin escribirlo… depende.




Todavía está Cielo por delante y seguro que otros títulos, pero… ¿qué piensa respecto a su obra publicada cuando la revisa?

El poeta aguarda unos segundos. De momento, parece como si hiciera uso de ese recurso de ver pasar la vida como una película por delante. Sus ojos, sus impactantes ojos azules, miran hacia un punto inconcreto desde una trayectoria imposible de trazar. Sus recuerdos han de ser una topografía valiosa para conocer la evolución de la poesía española en el último medio siglo.

A medida que uno va escribiendo nuevos libros, no se va reconociendo en los primeros. Sobre todo en el primero, que suele ser, de algún modo, autobiográfico. Yo recuerdo que cuando escribí Jimmy, Jimmy pues casi lloraba y tenía reacciones físicas, ¡era una cosa tremenda! Luego, se escribe con más distancia y una quietud mucho mayor. Y esto no quiere decir que sea menos emocionante: se puede escribir un poema desde la frialdad absoluta y luego resultar un poema muy emocionante.

No cabe duda de que, para mí, la poesía ha sido fundamental.

Pasa por ser uno de los poseedores de una de las bibliotecas más grandes de nuestro país. Se habla de Luis Alberto de Cuenca...

 (Interrumpe: la humildad obliga)

¡No, hombre! Lo de Luis Alberto de Cuenca no tiene nada que ver con lo que tengo yo. Él sí que tiene una biblioteca que yo creo que es la mejor, y no solo por el número de volúmenes, sino por la calidad de los mismos. También está la de Luis Antonio de Villena, que tiene algunos ejemplares extraordinarios. Y yo, es verdad que tengo una biblioteca muy numerosa, y también muy desordenada, pero no hay biblioteca como la de de Cuenca.

De lo que más tengo, claro, es de poesía.


¿Y qué ejemplares guarda con más cariño?

Yo subrayo mucho los libros –y eso es algo que me critican mucho- incluso con rotuladores.. Con lo cual, mis libros están todos subrayados, por lo que todos tienen algo.

¿Quiénes son sus maestros?

Uno de mis poetas favoritos, lo decía antes, es Rilke. Y luego, de los españoles, Juan Ramón Jiménez de manera indiscutible. Luego, de la Generación del 27, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda son mis dos poetas, bastante por encima de Lorca. De los 50, Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda y Francisco Brines. El grupo Cántico, en general, aunque destacaría a Juan Bernier y Ricardo Molina, claro. De mi generación, o más jóvenes, está por ejemplo Antonio Colinas. Al final se trata de sintonías, de conectar más con unos que con otros.

¿Conecta con jóvenes?

Hay un poeta castellano manchego, Rubén Martín Díaz, que me interesa mucho y es estupendo. Y observo que en esa zona, Castilla la Mancha, hay un movimiento de poetas buenísimo. Rubén es un poeta extraordinario. Yo lo conocí cuando ganó el Adonáis, y luego se hizo con dos o tres premios más como el Barcarola y el Premio Ojo Crítico.

También están Ada Salas, Esther Ramón, Ariadna García… que me gustan mucho.

¿Frida?

No me gustan mucho los poetas que forman parte este grupo, no me seducen. Tampoco los he leído mucho, por lo que no puedo juzgar, pero creo que es un fenómeno pasajero. Y luego, lo que deba quedar, quedará. Ahora, cuando leo la lista de los más vendidos, no conozco prácticamente ningún nombre. De todos ellos, el que he leído que me parece mejor es Marwan, pero insisto en que no los conozco y no puedo juzgarlo todo.

Admito que yo soy más partidario de la poesía cartujana, y desde luego en papel, por lo que no estoy muy en el mundo de la perfomance y movimientos similares. A mí me interesa que se publique y se lea en papel.



Texto de Daniel J. Rodríguez
Fotografías de Joaquín Baños

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