viernes, 23 de enero de 2015

Antonio Martínez Mengual: “Ante el arte, el espectador no puede sentirse perdido”

TODAS las noches de mi vida, hasta el alba,
sin llegar nunca a nadie,
en ciudades distintas, los ojos en acecho, 

F. B. 


La música que sale del reproductor inunda la sala de olor a Mediterráneo. Al fondo, frente a una improvisada mesa llena de dulces, un templo dórico se intuye en un gran lienzo en el que predominan los tonos del sol. El instrumental pictórico se acumula en una esquina: pinceles de distintos calibres aguardan que las manos del pintor los elija para seguir creando mundos. 

Antonio Martínez Mengual, creador autodidacta, ha dedicado toda su obra a reflexionar sobre tres temáticas: la Grecia Clásica, con sus mitos y su riqueza cultural; el paisaje, producto de la observación y de los viajes del espíritu, y la literatura, especialmente la poesía, han sido la materia prima del artista.





-Un pintor que se sirve de la poesía, del mundo clásico y del paisaje. Con esos tres puntos de apoyo para su obra, ¿cómo definiría el gran concepto del arte? 

-Es complicado para mí decir qué es el arte en pocas palabras. Yo no podría dar una definición exacta porque seguro que estaría mal, sería insuficiente. No podría abarcar la idea, el concepto de arte.

Luego, es algo que también depende de las formas culturales de cada sociedad, de cada persona, de cada momento. A lo largo de la Historia, el arte ha ido cambiando y tomando elementos y conceptos que han ido evolucionando alrededor de él mismo. Si buscáramos qué definición está detrás de todo ese trabajo y esa historia del arte, supongo que deberíamos volver a las pinturas rupestres y preguntarnos por qué ese señor se puso allí, frente a esa pared, cuando lo que tenía que hacer es salir corriendo a cazar ciervos. 

-¿Le resulta imposible concretar una definición? 

-Si me pides un verbo, diría que es una necesidad. Pero no hay que conformarse solo con eso. Aunque pudiera parecer una definición acertada, creo que el arte es mucho más: es una parte importantísima de la vida de esta supuesta especie humana. Así como hay momentos y personas que son crueles, bárbaras y excesivamente viscerales, también hay otra parte de esta supuesta especie que es capaz de reflexionar, de trabajar, de situarse en un estado de soledad y generar algo que a él y a los que le rodean les puede transmitir o presentar una realidad que ellos quizá no han observado o no se han detenido a ver. 

-Hay muchas artes. 

-¡Claro! Ahora estamos hablando de pintura, pero también tendríamos que hablar del teatro, que es otra forma muy clásica y muy real. Parece que el teatro se inventó en Manhattan. ¡Pues no! El teatro no se inventó en Manhattan. Quedan muchos restos de teatros en donde se hizo el Teatro, que era una representación social en la que había que convencer a la gente. El teatro ejercía magnetismo y la gente se identificaba. 

Y también está la arquitectura. Imagínate: de Santa Sofía a Viena, o a este sitio o aquél. El arte es el concepto, el momento y los medios, que también han ido evolucionando. 

-¿Quedan cosas por hacer en ese sentido, por ese concepto? 

-El último arte es el cine, pero yo creo que ahí no se van a acabar las artes. Quedan cosas por surgir, por aparecer. Y más en este mundo, que está enfocado a la imagen.

-¿Es algo para todos? 

-El arte es la mayor parte de la vida de muchas personas. Otros se lo pierden, porque no les interesa o no están por la labor. Ahora, cuando el dinero es el único dios, pues la gente va al único dios. 

-¿Qué sentimientos le producen ver a personas que viven de espaldas al concepto mayúsculo de arte?

-Dos tipos de reacciones: si conozco y tengo confianza con esas personas, suelo ser bastante moderado en el juicio. Hay gente que no ha tenido la oportunidad de saber mirar al arte. Nosotros pensamos que el acceso ha existido siempre, pero eso no es verdad. Por ejemplo, en el año cincuenta, hace tan solo setenta años, los niños de aquella época, entre los que me encuentro, no tenían acceso a plastilina ni a juguetes ni a nada. A mí me regalaron mi primera cajita de colores con diez años. Así que, como decía, si conozco a esas personas, pues lo entiendo o no, pero intento orientarles y decirle “mira esto”, “acude a esto otro”, “ponte esta película”… Ahora, si son la masa, esa masa que va al fútbol a gritar, no me interesa, y en ocasiones la desprecio. La desprecio porque, igual que mucha gente no me considera normal, yo no considero eso normal. No se puede plantear la vida de las personas solo en ese griterío y en esas cosas. 


Martínez Mengual habla con rotundidad de estos temas. Pero no lo hace desde un trono metafórico, desde una posición elevada. Es crítico porque le duele el arte, porque sabe los sentimientos que puede despertar la lectura de un poema, la audición de una obra musical o la contemplación de un bello paisaje construido a trazos y le apena que algunos decidan vivir de espaldas a ello

-Pero ahora sí existen oportunidades para que casi todas las personas adquieran un gusto estético por las distintas disciplinas artísticas, ¿no? 

-Hay que tener en cuenta que, a veces, los políticos no saben darse cuenta de que ésta es una industria muy importante. No ven que la cultura y los que están alrededor y montan el decorado o hacen el marco son una industria, personas que se ganan su vida haciendo este trabajo. ¿Cuándo llegará ese momento de oportunidad? Pues ahora mismo no. Ahora mismo cerrarían incluso el Museo del Prado y venderían cuatro cositas. No se valora la cultura. Y no hablo solamente del IVA, hablo de la poca inercia que hay por la cultura. 

-Pero el arte siempre ha sido de minorías. 

-Sí. Sobre todo ha sido la burguesía la que ha mantenido ese tipo de negocios. Lo que ocurre es que esas minorías han dado oportunidad de que el arte se desarrollara apoyándola. Está el ejemplo de lo que hicieron los coleccionistas rusos en París. De esa visión o inversión vive el arte. 

Pese a haber tenido una formación pictórica autodidacto, el artista murciano ha vivido toda su vida enamorado de la plástica. Su imaginativa mente ya dibujaba en lienzos invisibles siendo bien pequeño. Los años y el trabajo constante lo han convertido en un nombre de referencia del arte murciano, una firma imprescindible y genuina. 

-¿Cuándo encuentra en usted la capacidad de asombro ante la pintura? 

-No hay capacidad de asombro, hay necesidad de expresar. No es que yo me pusiera delante de un cuadro y dijera "quiero hacer esto", es como una necesidad. Yo nací en la calle Sagasta. Mi hermano y yo íbamos al colegio de la inclusa, de las monjas. Cuando éramos un poco más mayores, con siete u ocho años íbamos solos. Recuerdo que yo no llegaba al timbre, que era de estos de baquelita negros horrorosos. Tenía que esperar que alguien bajara o subiera para tocar el timbre y, en esos ratos, me entretenía pasando el dedo por las figuras que se dibujaban en los azulejos del gran patio estilo andaluz. Ahí empieza mi necesidad. 

Luego, mi abuela tenía una hermana que vivía en una finca en Sangonera la Seca, y nosotros nos pasábamos tres meses de verano allí viviendo como salvajes. Mis padres iban a visitarnos los domingos y nos llevaban cómics de Roberto Alcázar y Pedrín o Hazañas Bélicas… Cuando ya lo habíamos leído mil veces, nos hacía recortarlos y jugar con esos trozos de papel.

-La palabra necesidad es un lugar de paso para muchos artistas. 

-Ahora mismo me planteo dejar de hacer cosas, de no tener tanto interés con eso y… no. Me veo sin mucha parafernalia fuera, pero aquí trabajando, aunque la obra no llegue a ningún lado ya. Es como una inercia que te lleva, que no te deja ni cuando te acuestas. Es posible que el año que viene haga la última exposición individual, porque ya estoy cansado de subir y bajar cuadros. Y tampoco hay resultados económicos. Todo sale de mis costillas. 

-Cuando ha pasado tanto tiempo, cuando de sus manos han salido tantos cuadros, ¿cómo dialoga el artista frente a su obra? 

-Descubro muchas cosas. Hay muchas cosas me gustan, aunque también otras no: son fases que no están maduras, que se van frustrando, que no son para exposiciones o que no tienen sentido. Pero me sorprendo a mí mismo, porque hay cosas que están como muy olvidadas. A mí me gusta volver a verlo, volver a ver mi trayectoria. 

Como decía antes, ya pienso en dejar, al menos, las exposiciones individuales. Posiblemente la última sea en el Almudí en noviembre. Va a ir dedicada al poeta Holdërlin y se llamará Buscando un color, encontré una patria

-En ese sentido, ¿se identifica con la primera obra que hizo? 

-Las personas que han estudiado Bellas Artes han vivido un proceso de varios años en los que han podido probar distintas temáticas, distintas técnicas y qué es lo que mejor te sale. Ése no ha sido mi caso. Yo he vivido un proceso mucho más largo de aprendizaje para descubrir que lo que más me gusta es la poesía, el paisaje y el mundo clásico. Y no sé por qué he dejado fuera los bodegones o los desnudos. Pero lo cierto es que, cuando estoy en dique seco, lo que me sosiega es coger un libro o ver un paisaje. 

En cuanto a si me veo en mis primeras obras, y a modo de anécdota, te contaré que María del Carmen Sánchez Rojas vino a visitarme y, al ver algunos de mis dibujos de ahora, reconoció uno, que se parecía a uno que ella tenía de mis primeras exposiciones, del año 75. O sea que… 

-¿Y no ha pasado por el proceso de renegar de lo que hizo en el pasado? 

-Más que renegar, buscar. Más que aprender, me gusta descubrir. 

-O sea, uno tiene que salir para volver a casa. 

-Sí. Si no hay viaje, ¿Qué vas a contar?



Martínez Mengual es un artista prolífico que, durante su trayectoria, ha expuesto en numerosas ocasiones y ha participado en colectivos de artistas. Participó en las muestras Contraparada, en los años ochenta del pasado siglo. Desde entonces, no ha parado de mostrar sus producciones, en distintas ciudades y países. 

-Ha participado, en Murcia, en iniciativas como el grupo SPYRAL. 

-¡Claro! En el ochenta hasta el año noventa y pocos. 

-¿Cómo funcionaba ese colectivo? 

-Eran reuniones que se producían en el estudio de cada uno. Ahí nos reuníamos, hablábamos y se proponía una actividad conjunta. Fundamentalmente, se daba una idea general y cada uno trabajaba en dirección a esa idea. Se valoraban y estudiaban los resultados y se buscaba un local para exponer. 

Eso me vino muy bien porque yo en aquella época estaba trabajando en la caja y no podía producir ni disponer de tiempo para preparar exposiciones. Y así, la unión hacía la fuerza. 

En 2004, Antonio Martínez Mengual realiza 20 serigrafías inspiradas en la obra de Francisco Brines. El libro, titulado ‘La iluminada rosa negra’ ganó el Premio Nacional del Ministerio de Cultura al mejor libro editado del año. Otros autores también han sido materia prima de los trabajos del murciano. 

-¿Cuándo llega la palabra a su vida? 

-Pues llegó ya tarde, a los 16 años o así. González Palencia daba clases de literatura en el instituto Alfonso X el Sabio. Y yo no sé por qué, pero me gustaba cómo hablaba ese hombre. Son los maestros los que nos descubren las cosas, los que nos transmiten el mundo. Ese profesor nos fue dando como las claves. Contaba la historia de los poetas, y eso abría el mundo. 

También tuvo importancia don Juan Estremera, que en los años cincuenta, aunque había una censura importante, dio una conferencia excelente sobre Antonio Machado. Fue emocionante. ¡Tan bonito! Sentí un subidón al ver esa vida… Y luego, al leer los poemas descubres que no hay escapatoria. Machado decía las cosas muy claras. 

-¿Cree que la plástica es mejor arma que la palabra para representar el plano de lo abstracto, de los sentimientos? 

-Siendo muy hermanas, las dos cosas son muy distintas. En el mundo clásico, ambas disciplinas son hermanas: son fuentes de conocimiento, de descubrimiento y de todo. Sin embargo, ahí está la eterna discusión de si una pintura va más allá de la palabra o un poema o viceversa.

En mi opinión, la pintura es un elemento más primitivo. Tú te acercas a la Prehistoria de las cosas y te encuentras la pintura y el color. Pero cuando el mundo empieza a entenderse, cuando se comienza a hablar, queda patente que la palabra es mucho más que el color. Una palabra, en singular, puede ser mucho más que un color, porque es un producto destilado del conocimiento. 

El color es una forma de expresión más personal, más individual. Sin embargo, la palabra es más social. Y así debe ser: se supone que la palabra ha servido para que todo el mundo se entienda hablando. Un cuadro no ha servido nunca para entenderse, aunque dos personas puedan coincidir ante una obra. Creo que una palabra puede ser más importante que un color. 

-Ha hablado de las diferencias que existen entre la palabra y la pintura, pero usted ha sido capaz de crear cuadros a partir de poemas, ¿Qué encuentra en los versos para convertirlos en materia prima de su arte? 

-Veo imágenes. En las palabras veo imágenes. Y eso es lo que me provoca la necesidad o el estímulo para trabajarlo. Si ves mis libros, observarás que están subrayados y trabajados. No es que lea algo y me ponga a trabajar corriendo: hay que leer bien, conocer la historia… 

Yo siempre leo en castellano, que es un idioma de imágenes y de artículos. Cuando hay un verso o dos versos que te habla de una historia, de un jardín…Yo lo voy viendo. Con la literatura he trabajado cómodo. Y lo digo aunque pueda ser una inconsciencia. Lo he pasado bien pintando sobre la literatura.

-Una cosa es pintar sobre un poema y otra muy distinta ilustrar un libro de poemas. ¿Cómo hacer coincidir palabra e imagen para que no chirríe, para que sean parte de un todo? 

-Hablas del libro de Paco Brines, que es un amigo y una persona generosísima. El proyecto de La iluminada rosa negra surgió en un viaje que hicimos para visitarlo con Ángel Pina, que ya llevaba la idea en la cabeza. Le contamos el proyecto y Paco, que es ya mayor, se vio venir el embolado y me dijo que como yo iba a ser el ilustrador, yo debía elegir los poemas. 

Tuve que leer todo lo que Francisco Brines había escrito en antologías, poemarios… Cuando tuve una buena selección, acudí a él para ver si estaba de acuerdo con la selección. Solo me tachó dos. El resto le pareció bien, me dijo que se notaba que yo sabía leer poesía. 


-Pero Brines ya tenía referencias sobre su trabajo, al hilo de la exposición que hizo inspirada en El otoño de las rosas. 

-¡Claro! A mí un compañero de trabajo me regalo ese libro. Nada más abrirlo, mi cabeza comenzó a trabajar. Era como una olla hirviendo, como una bomba atómica. Durante un año, estuve pintando poemas de El otoño de las rosas. Todo lo que se me ocurría, con todos los materiales. Y eso escuchando la Segunda Sinfonía de Mahler, que la había escuchado en Valencia y me tenía enganchado. 

Cuando ya había una Jartá de cuadros fui a Martín Páez y se expuso en el Almudí. Aunque no hubo catálogo, cosa que nunca dejaré de sentir, la exposición quedó muy bien. Paco Brines, que no pudo venir a la inauguración, visitó la exposición y quedó encantado con el trabajo. 

Desde que lo conocí en Madrid, en una exposición de Ramón Gaya, donde le pedí permiso para poder mostrar el trabajo que había hecho con El otoño de las rosas, fue muy generoso conmigo. Y tan bien se portó con esa exposición del Almudí, que cuando Ángel Pina me propuso lo de las serigrafías, no pude más que decir que sí. E hice veinte. Fue un trabajo muy muy bonito. A él le encantó el resultado de La iluminada rosa negra

-¿Considera que hay autores cuya obra se presta más a convertirse en pintura que otros? 

-Sí. Yo creo que todo influye, también mi propio estado de ánimo o predisposición. Pero hay poetas que te saltan, y que te sugieren ciertos materiales o ciertos colores. Federico García Lorca, por ejemplo, no es lo mismo que Machado. El secreto está en no cerrar la ventana. Hay que asomarse a ella y, si te gusta el paisaje que te presentan, ponerse a ello. 

-¿Y hay colores que se prestan más a la poesía? 

-Puede que sí, pero yo no estoy tan seguro. Es que es el estado de ánimo. ¿Sabes? Yo no pinto con un color, dejo que la mano vaya al color. Es como…. (el pintor guarda silencio, baja la mirada hacia el suelo. Se está desnudando. Allí, en ese justo momento. Y ése no es un ejercicio fácil para un artista acostumbrado a decirlo todo en su obra) Es como algo magnético. 

Yo no digo “este poema tiene que ser amarillo nápoles con verde oliva”. No. Si hago eso no sale el cuadro, te bloqueas. Eso es la creatividad: tener libre el trocico de cerebro que te queda ahí para eso: para que todo salga, fluya.


-En algún lugar dejó escrito que “es necesario sentir cada día la emoción de un niño que se enfrenta por primera vez a la caja de colores, porque sin esa íntima emoción los trabajos pueden quedar peligrosamente vacíos”. ¿Hay vacío en la pintura hoy? 

-Sí. 

-¿Y qué le parece esta situación? 

-Yo ahora mismo no soy capaz de aguantar ciertas cosas, como estas salas oscuras con ruido y un vídeo. No lo entiendo. Y para mí, esto supone una cosa tristísima, que es perder el tiempo. Y el tiempo no se puede perder de ninguna manera, es lo único que tenemos. 

Ante el arte, el espectador no puede sentirse perdido. Y a mí esas cosas no me producen ninguna emoción. 

-Otra de sus declaraciones en una entrevista dice que “la poesía es el mayor de los logros conseguidos por esta supuesta especie humana”. ¿No deja eso en mal lugar a la pintura, que es su oficio? 

-No, claro que no. Yo a la pintura le reconozco mucha valía y muchas cosas, pero la palabra es más que el color. La conclusión de un trabajo de palabras tiene que ser más accesible, más clara y más próxima que una pintura. Creo que la literatura va más allá de la pintura.



Desde que obtuvo independencia económica, Antonio se propuso conocer todos los países y paisajes posibles. El viaje, pero ése que se produce en el interior, es una constante para él, un motivo de reflexión y crecimiento personal que se plasma en su obra. 

-¿Qué importancia tiene el viaje? 

-Mucha, muchísima. Yo creo que parte del inconformismo que arrastro durante tanto tiempo, que a veces se vuelca en el trabajo, responde a buscar algo fuera. Eso siempre ha sido un estímulo para mí. Hay una frase de Paul Morand que dice algo así como que un viaje es una vida dentro de la vida. Y eso puede ser verdad en mí. Creo que en el viaje se pueden buscar cosas. Y también encontrar cosas que uno no sabía que estaban allí. 

Mi primer viaje a Grecia fue un plan de 25 días en autobús desde Cartagena a Estambul. Fue la leche.

-¿Por qué? 

 -Llegamos a Grecia desde Italia, a una zona llamada Patras, que para mí es el Edén. En escala, nos metimos en un hotelito de techos altos, con grandes miradores y balcones. En mi habitación hacía un calor horroroso, así que salí al balcón. Fue una historia mágica: noche cerrada. Solo se escuchaba el agua. Y había debajo una parra que solo iluminaba una bombilla. Caí enamorado. Ése era mi sitio, donde yo quería estar, lo que andaba buscando. Esa belleza serena y natural, solitaria, era mí trozo, mi sitio. 

-¿De ahí su amor a ese país? 

-Sí. Cuando los griegos me preguntan qué tengo con Grecia, por qué me gusta tanto, les cuento eso mismo. Y piensan que estoy chalado. Que alguien se enamore del vacío estético de la noche, con ese sentido de soledad, cuesta de entender. 

Pero es la verdad. Para mí, Grecia es eso. No me enamoré del Partenón. Es que antes de llegar ya estaba enamorado. Yo ya iba tocado por eso, ya sabía lo que me esperaba. Pero esa parra…fue una sorpresa, una sorpresa. 

 -Pero no solo se huele a Grecia en usted. 

-No. Hay muchos otros sitios. De Europa y del resto del mundo. Luego está la India… He ido dos veces a la India. Eso sí que fue fuerte. La India se conoce cuando se baja del autobús, cuando se ve la vida real. La gente muchas veces no sabe lo que se espera: gente muriéndose en una esquina, pobreza, tocar cadáveres… Yo pensé que todos eran pobres cuando llegué. Después descubres que no, que son familias normales, con su trabajo, con sus casas, con sus vidas… Pero es otro mundo. 

-Todo viaje tiene una parte interior, un plano íntimo. 

 -Sí. Todos tienen. Pero sobre todo en la India, donde las cosas se manifiestan muy fuertemente.


Imágenes: Joaquín Baños

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